viernes, 22 de octubre de 2010

DO 24/10 Evangelio y Vida por Fray José Muñoz, mercedario



¡PARA QUE TANTO RUGIDO! 

Aquel día en la selva no era muy diferente a cualquier otro, ya los animales estaban acostumbrados a escuchar el rugido del león, pero en esta ocasión parecía querer asegurarse que todos entendieran que él era el más fuerte, el más bravo, el más valiente, el más poderoso, y como nadie tenía interés en llevarle la contraria, cada cual emprendió la retirada; solos o en manada emprendieron la huida para estar lo más lejos posible de sus poderosos colmillos, hasta las leonas y los cachorros se sintieron amedrentados y se alejaron del lugar. Eso le dio un nuevo significado a su gran rugido, era el más hambriento, porque con él había espantado a todos los animales., y eso le dejaba solo e insatisfecho.

Por el contrario, la diminuta hormiga no podía expresar en voz alta sus grandes cualidades, por mucho que levantara la voz apenas si algún animal la podía oír, con su escaso tamaño parecía pedir perdón al resto para evitar que la pudieran aplastar, no se podía comparar con los grandes carnívoros, mucho menos con el león, jamás habría podido ponerse a su nivel, solo podría haber dicho, “lo siento, no soy esbelta, me arrastro por el suelo. Era consciente de sus debilidades.

Sin embargo se sentía feliz, porque al contemplar la sabana descubrió los frutos de algunos árboles, caídos ante el paso atolondrado de elefantes, búfalos e impalas. Y allá por donde habían pasado habían aplastado el pasto desgranando las semillas que ahora estaban a su alcance.

Las hormigas no poseían un gran rugido, pero se sentían acompañadas por cientos de hermanas, que sin necesidad de recibir una orden se pusieron a recolectar todo lo que sirviera de alimento. Estaban juntas y satisfechas. ¡Quien necesitaba un gran rugido cuando su trabajo callado se convertía en el mejor anuncio: “estamos felices porque hoy ha sido un día de provecho”.

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